BETTY BAXTER

La Historia Verídica de Betty Baxter
 
(Transcripción de un mensaje en vivo)
  D esde que yo recuerde, nunca viví una vida normal como otras niñas.  Yo era paralítica y mi cuerpo estaba doblado y deforme.  Nunca olvidaré cómo me sentía.  Vivía una vida sin esperanza.  Sé lo doloroso que es cuando el doctor de la familia te mira de frente y sin vacilar un instante te dice, “Betty, tu condición no tiene remedio.”  Sé también lo que es estar siendo trasladada de hospital tras hospital; de un especialista al otro, y presenciar cuando aquellos doctores movían sus cabezas y decían, “No existe nada que la ciencia médica pueda hacer.”
Yo nací con la espina dorsal jorobada.  Cada una de las vértebras estaba fuera de sitio, y los huesos estaban fundidos unos con otros.  Ustedes comprenderán que muchos nervios se canalizan a lo largo de la columna vertebral.  Las radiografías claramente mostraban los huesos enmarañados, fundidos a los demás, y por tal razón mi sistema nervioso estaba completamente arruinado.  
Un día, mientras me encontraba en cama en el Hospital University en Minneapolis, Minnesota, Estados Unidos, todo mi cuerpo comenzó a temblar descontroladamente.  Al principio el temblor fue leve, pero entonces comencé a estremecerme de pie a cabeza tan violentamente que me caí de la cama.  El doctor corrió hacia mi lado, me levantó del piso, me situó de nuevo en la cama y dijo, “Esto es lo que yo temía y esperaba.  Ella tiene la enfermedad conocida como La Danza de Santo Vito, y no hay nada que se pueda hacer por ella.  Lo único que se puede hacer ahora es devolverla a su casa.”
Tomaron unas correas muy gruesas y me ataron a la cama.  Eso no me quitó el temblor, pero evitaba que me cayera al piso.  Me tenían amarrada día y noche, excepto por unos breves momentos cuando la enfermera venía a bañarme.  Cuando me removían aquellas correas, parte de mi cuerpo se notaba empollado y en la carne viva.
Yo comprendo muy bien lo que es sufrir.  Yo vivía en un estado de dolor continuo.  Los doctores tenían que mantenerme narcotizada para que pudiera soportar el dolor.

Yo nací también con mi corazón ensanchado.  No era un corazón normal; y con los efectos de aquellas drogas se puso peor.  Llegó el momento en que yo sufría un ataque cardíaco casi semanalmente.  Le dijeron a mis padres que si querían mantenerme viva, que no permitieran que yo me excitara por nada.  Recuerdo que cuando mi abuelita venía a visitarme, la emoción era tanta, que me daba un ataque cardíaco.  Mi cuerpo se aclimató tanto a las drogas para el dolor, que ya no me hacían efecto.  Recuerdo que me mordía mis propios labios para no gritar de dolor.  Cuando el efecto de los narcóticos menguaba, yo suplicaba a gritos que me inyectaran más.  Solamente después que me inyectaban dos o tres veces más, era que podía sentir alivio para aquel dolor tan horrible.
Recuerdo bien el día cuando el doctor me suspendió las drogas.  Le dijo a mi madre, “Señora Baxter, las drogas ya no le ayudan.  Las drogas ya no le hacen efecto.”
El doctor ordenó que removieran todo el equipo especial que yo tenía en mi cama.  Él me dijo, “Betty, lo siento mucho, pero no puedo continuar inyectando tu cuerpo con morfina.  ¡No puedo hacer más por ti!”
Para aquel entonces yo tenía nueve años de edad.  ¡Cuántas noches tan horribles pasé con aquel insoportable dolor!  A veces trataba de voltearme en la cama para ver si lograba cambiar de posición, pero en el proceso me desmayaba.  Y así, muchas veces, quedaba inconsciente por horas.
Me crié en un hogar Cristiano.  Mis padres no eran carismáticos como lo soy yo hoy día.  Ellos eran Nazarenos, pero amaban a Jesús.  Desde mi niñez, mi mamá me enseñó la historia de Jesús.  Mi mamá siempre creyó la Biblia, y siempre me dijo que “Jesús es el mismo Salvador hoy que lo fue cuando caminó sobre las arenosas costas de Galilea; Él sana también en el día de hoy si la gente tiene fe y cree en Él.”

Antes de continuar con mi relato, quiero que sepan que el milagro más grandioso en mi vida no fue cuando Jesús sanó mi cuerpo paralítico, torcido y encorvado.  El milagro más grandioso fue cuando Él salvó mi alma del pecado.  Ahora podía ir al cielo con Él, aunque aquí en la tierra viviera en un cuerpo lisiado y deforme.  De no haber sido lavada por la sangre de Jesús, jamás llegaría a morar con Él.
Mi conversión ocurrió a la edad de nueve años, después de haber escuchado a nuestro pastor Nazareno, el Hermano Davis, relatar ‘La Historia Más Grandiosa del Mundo.’  Esa historia puede que sea, para muchos de ustedes en el día de hoy, una historia nueva.  Esta historia puede cambiar tu vida.  Es la poderosa historia de Jesús.
Comenzando con el nacimiento en un establo, el Hermano Davis nos relató aquella bella historia que finalmente culminó en la cruz y en la resurrección.  Nos relató cuando Jesús usaba sus preciosas manos y abría los ojos de los ciegos para que pudieran ver.  Nos dijo cómo Él tocaba los oídos de los sordos y los abría.  Nos relató cómo Él limpiaba y sanaba a los leprosos.  Nos dijo cómo Él le dió de comer a una multitud con sólo el almuerzo de un niñito.  Nos dijo cómo Jesús caminaba sobre la caliente y abrasadora arena de Galilea, predicando el Evangelio a la gente.  Nos relató cómo anduvo sobre la mar, y no se hundía.
El pastor continuó diciendo que a pesar de todo el bien que Jesús había hecho, la gente lo tomó y le trasparon sus manos preciosas con clavos.  Nos dijo cómo le habían infligido una herida en su costado con una lanza, y cómo la sangre había brotado y se corría sobre todas las extremidades de su cuerpo.  Nos dijo cómo aquella sangre bendita se derramó por la tierra.  Él nos dijo también, “que aquella sangre tiene poder hoy día para salvar del pecado y para sanar nuestros cuerpos afligidos.”

Aquella fue la historia más hermosa que jamás yo hubiera escuchado.  Entonces, con su hermosa voz de tenor, el Hermano Davis comenzó a cantar este himno:
     Con tierna voz Jesús te está llamando.
     Te llama a ti y a mí.
     Y en los portales vigila y espera;
     Te espera a ti, y a mí.
 
            “Venid, venid,
            Si estáis cansados, venid.”
            Él tiernamente te sigue llamando,
            “¡Oh, pecador, ven a mí!”
Las lágrimas comenzaron a rodar sobre mis mejillas.  Quedé postrada de rodillas, allí mismo, suplicándole a Jesús que me salvara.  Mientras estaba arodillada, vi una visión de mi propio corazón.  Era un corazón muy negro.  Comprendí que yo no podía entrar al cielo con un corazón tan lleno de pecado.  Vi otra visión de una rústica cruz sobre un monte lejano.  Y sobre aquella cruz vi estas palabras muy brillantes:  “ÉL MURIÓ POR TI.”

Yo dije, “Jesús, ahora que comprendo lo que tú has hecho por mí, yo quiero que tú me salves de mis pecados.”  Vi entonces delante de mí una gran puerta en forma de corazón.  Jesús caminó hacia la puerta, se detuvo, y esperaba pacientemente.  La puerta no tenía perilla de abrir, y no tenía cerradura en la parte de afuera.  (Lo que eso indica es que cada persona debe abrir la puerta de su propio corazón a Jesús voluntariamente.)
Jesús tocó a la puerta una sóla vez y se quedó esperando.  Tocó por segunda vez.  La tercera vez que tocó, mi puerta se abrió; Jesús entonces entró, y allí entendí que Él me había salvado.  Sentí cuando el tremendo peso de mis pecados fue desvanecido.  Desde aquel momento Jesús vive en mi corazón.  Todavía vive en mí; de no ser así, yo sería la primera en saberlo.
Le dije al Pastor Davis que yo deseaba ser una evangelista.  Entonces el reposó su mano suavemente sobre mi cabeza y pronunció una bendición.  Más tarde él le dijo a mis padres, “Nunca permitan que esta niña se aparte del llamado que Dios le ha hecho.  Nunca he visto a una chica de su edad tener el tipo de experiencia que ella ha tenido con el Señor.”
Sin embargo, la mano de la aflicción comenzó a acortar mi vida.  Lo único que me sostenía eran las oraciones de mi madre.  Mi papá no poseía el mismo grado de fe que tenía mi mamá tocante a que Jesús me podía sanar.  Pero papá siempre fue un buen padre, y él nunca se interpuso a que mi madre ejercitara su tremenda fe en oración por mi sanidad.
Mi madre amaba a Jesús con plena devoción.  Creo que ella conocía a Jesús mejor que ninguna otra persona que yo hubiera conocido.  Ella sabía cómo guiarme para que mi fe en el Señor aumentara, y así pudiera prepararme para recibir mi sanidad.

Mientras yo estuve en el hospital, me tenían un especialista para cada parte de mi cuerpo, pero ninguno podía hacer nada por mí.  La hora más oscura de mi vida sucedió el día que me llevaban en una camilla de ruedas por el pasillo del hospital.  El doctor se acercó a nosotros, se detuvo, y le preguntó a papá, “¿Cuánto sabe la niña tocante a su enfermedad?”  Papá le dijo que yo sabía todo lo que ellos sabían, porque ellos nunca me habían ocultado la verdad.  El doctor dijo, “¿Entonces, está bien si hablo francamente frente a ella?”  Papá le dijo que sí.  El doctor me miró deliberadamente y dijo, “Betty, aquí tengo las radiografías de tu espina dorsal.  Cada vértebra está fuera de su lugar; los huesos están torcidos y fundidos unos con otros; y además de eso, necesitas un riñón nuevo.  Mientras tengas ese riñón enfermo siempre tendrás dolor.”
Mi papá dijo, “¡No!  Yo voy a hacer todo lo esté a mi alcance para que ella sane, pero no quiero que el cuchillo toque a mi hija.”
Yo nunca he sufrido una intervención quirúrgica, con excepción de la que Jesús hizo en mí; y Él nunca deja cicatrices.  ¡Qué hermosísimo es cuando Dios hace algo por nosotros!  Siempre lo hace perfecto y nunca deja malos efectos.
“Señor Baxter,” le dijo el doctor a mi papá, “nunca vamos a lograr desatar la masa de huesos torcidos en el cuerpo de Betty.  Yo le sugiero que no la lleve a ningún otro hospital.  Tampoco gaste más dinero en especialistas.  Llévela a la casa, y trate de mantenerla los más feliz que pueda.”
Para aquel entonces yo tenía once años de edad, y en realidad no comprendí que el doctor me había dado de alta para que fuera a morir en mi casa.  Pero sí recuerdo que yo miré al doctor y le dije, “Sí, doctor, me voy a casa, pero algún día Dios sanará mi cuerpo.  Voy a quedar fuerte y completamente bien.”  Pude decir eso porque yo estaba empapada de fe.  Mi mamá me había leído la Palabra de Dios, y ella me hablaba tanto de Jesús, que mi fe en Él me hacía sentir fortalecida.  De los pasajes bíblicos favoritos de mi mamá, uno es el que dice, “… al que cree todo le es posible.”  Otro pasaje es el que dice, “… pero para Dios todo es posible.”

Yo no lograba entender completamente mi situación.  Yo tenía muchas preguntas tocante a mi condición física.  No entendía por qué tenía que vivir así, con aquella enfermedad.  Mi mamá me había dicho que los pastores siempre caminaban cerca a Dios.  Me dijo que mi pastor podía contestar mis preguntas.
Llamé a mi pastor, y le recordé lo que él había dicho el día de mi conversión.  Le recordé que él había dicho que Jesús tenía poder para sanar nuestros cuerpos afligidos.  Yo hice la observación, que si Jesús sanaba en tiempos pasados, y si Él era el mismo ayer, como lo es hoy, que entonces Él me podía sanar a mí también, si yo se lo pedía con suma devoción.
Pero el pastor me miró tristemente, y con lágrimas en sus ojos me dijo que la época de los milagros había pasado.  Me dijo que Jesús no sanaba en el día de hoy como la hacía en tiempos pasados.
Pero mi mamá siempre tuvo una fe extraordinaria.  Mamá me dijo que ella había encontrado a alguien que me podía sanar.  Creí que mamá había encontrado por fin un especialista nuevo.  Le pregunté, “¿Quién es mami; cómo se llama?”  Ella me dijo, “Su nombre es Jesús.”  Yo le dije, “Pero mami, el pastor dijo que Jesús no sana hoy como lo hacía en el pasado.”  Mamá me dijo que no importaba lo que los hombres dijeran.  “Lo importante,” dijo ella, “es lo que dice la Palabra de Dios.  Y la Palabra dice que Jesús te puede sanar.”  Mi mamá continuó deciéndome que desde el día que el doctor dijo que yo iba a morir, ella había empezado a escudriñar la Biblia como nunca antes.  Me dijo, “En la Palabra de Dios descubrí que Jesús es el mismo hoy, ayer, y por todos los siglos.  Eso quiere decir que Él sana en el día de hoy también.”
Amigos, la fe es algo contagioso, ¿no creen ustedes?  Yo quedé totalmente contagiada con la inquebrantable fe de mi madre.
Me llevaron a mi casa, donde el doctor había dicho que pronto yo iba a morir.  Al llegar a casa, mi situación empeoró.  El dolor que sentía antes, era nada comparado con el dolor que sentía ahora.  Frecuentemente me quedaba ciega por semanas completas.  A veces quedaba sorda.  Otras veces quedaba muda.  La lengua se me hinchaba, y luego quedaba paralizada.

Al pasar el tiempo, la ceguera, la sordera y la parálisis se desvanecían.  Era como vivir la vida bajo cadena perpetua y prisionera de las enfermedades.  Me sentía como si algún poder maligno me estuviera atrapada en una prisión para destruirme.  Pero cada día que pasaba, mi madre oraba conmigo y me decía que Dios era suficientemente poderoso para sanar mi cuerpo.
He perdido cuenta de los numerosos días en que sólo veía a mi papá, mamá o al doctor.  Pero mientras vivía en esos días de condena solitaria, comprendí algo muy importante.  Comprendí que aunque los doctores podían aislarme de mi familia y amistades, ellos no podían aislarme de Jesús porque Él había prometido, “No te desampararé, ni te dejaré.”  Y fue precisamente durante esos años de tristeza y soledad, cuando llegué a establecer con el Rey de Reyes y Señor de Señores una relación íntima y personal.
Muchas personas me preguntan, “Betty, ¿Por qué crees que Dios no te sanó cuando eras pequeñita y estabas tan llena de fe?”  ¡No lo sé!  “Vuestros caminos no son mis caminos,”  ha dicho el Señor.  Sus caminos siempre son mejores que los nuestros.  De lo que sí estoy segura es que durante todos esos años de dolor y desesperación, Jesús compartió muchos momentos gratos conmigo.  Él sabe llegar al valle donde tú y yo vivimos.  Y no sólo eso, sino que también Él es el Lirio del Valle, y allí le encontrarás si verdaderamente le buscas.  Aún cuando te encuentres en medio de las tinieblas, allí podrás ver a Jesús.
Mi mamá me bañaba todos los días temprano en la mañana.  Entonces ella me acostaba en la cama y reposaba mi cuerpo sobre un lado.  Después me dejaba en el cuarto, y entonces ella comenzaba los quehaceres del hogar.  Después de un rato ella volvía y me recostaba sobre el lado opuesto.  Así tenía que permanecer hasta que mamá volvía a cambiarme de posición otra vez.  A veces yo escuchaba unas leves pisadas en mi cuarto y pensaba que era mi mamá.  Pero entonces escuchaba una dulce voz que llegué a reconocer muy bien.  No era la voz de papi, no era la voz de mami, no era la voz del doctor.  Era la voz de Jesús quien me hablaba.
La primera vez que sucedió esto, Él me llamó por mi nombre tres veces y muy dulcemente.  “¡Betty!” “¡Betty!” “¡Betty!”  Me llamó tres veces, y entonces yo respondí, “¡Sí, Señor!  Quédate aquí un ratito y habla conmigo, porque me siento muy sola.”

Preguntarán ustedes si Él se quedaba y hablaba conmigo.  ¡Sí, lo hacía!  Durante la visita, Él me platicaba sobre muchos temas.  Pero hay algo que nunca olvidaré; y creo que Él siempre me recordaba esto porque sabía lo mucho que me alegraba.  Para mí, lo más dulce que había era escuchar la voz de Jesús cuando me decía, “¡Betty, yo te amo!”
Jesús veía mi condición tan desesperada; veía mi cuerpo lisiado y deformado, y Él se identificaba conmigo.  Recuerdo estar tan torcida y jorobada, que cuando mi papá me ponía de pie en el piso del cuarto, mi hermanito de cuatro años de edad quedaba a mi misma altura.
Sobre mi espalda me habían crecido unos horribles nudos, comenzando desde la base del cuello y a lo largo de mi espina dorsal.  Mis brazos estaban paralizados desde los hombros hasta la muñeca de cada mano.  El único movimiento que tenía era en los dedos.  Mi cabeza estaba torcida hacia un lado y doblada hacia mi pecho.  Tenía que tomar agua por un tubo especial porque yo no podía levantar la cabeza.  No obstante, aún en aquella condición tan lastimosa en la que me encontraba, Jesús me decía dulcemente que Él me amaba.
Yo le decía, “Jesús, quiero que me ayudes a ser paciente porque yo sé que puedo soportar cualquier cosa si Tú me sigues amando.”  Muchas veces Él me dijo, “Recuerda esto, mi hijita, yo nunca te dejaré ni te desampararé.”
Ustedes que me escuchan, quiero que sepan que yo estoy plenamente segura que Jesús me amaba en aquella condición tan lastimosa  en la que yo me encontraba, tanto como me ama en el día de hoy cuando me encuentro fuerte, restaurada, y trabajando para Él.

Recuerdo bien que en una de las ocasiones en que Jesús me visitó yo le dije, “Jesús, ¿te enteraste que los doctores ya no me quieren dar morfina para el dolor?  Me pregunto si Tú sabrás el dolor que siento en mi espina, y especialmente en esas áreas donde tengo esos nudos.”  Y Jesús me dijo, “¡Cómo no lo voy saber!  ¿No recuerdas?  Un día me tomaron y me colgaron entre el cielo y la tierra.  Tomé sobre mi cuerpo el dolor y la enfermedad de todo el mundo.”
Los años venían y pasaban.  Yo había perdido toda esperanza en que los doctores me fueran a sanar.  Recuerdo que mi papá entró a mi cuarto un día, y tiernamente levantó mi cuerpo torcido y paralítico en sus brazos, y se sentó a la orilla de su cama conmigo.  Allí, con una mirada dulce y amorosa, y con lágrimas gigantes corriendo a torrentes sobre su cara rugosa, tristemente me dijo, “Amor mío, tú no comprendes, tú no sabes, tú no tienes la menor idea de lo que es el dinero.  Pero yo he consumido todo el dinero que tenía, y aún más del que tenía, tratando de que tú recibieras la salud.  Betty, papi ha hecho por ti todo lo que ha podido, pero ya no queda ninguna esperanza.”
Papá entonces tomó su pañuelo y enjugó sus mejillas.  Luego me dijo, “No creo que Jesús te va a dejar sufrir más.  Él te va a llevar a ese lugar llamado el cielo.  Cuando tú llegues, quédate bien cerquita del portal y mira bien a los que van entrando.  Un día de estos tú verás a tu papito entrar por ese mismo portal.  Ya tu tiempo se avecina.  Los doctores dicen que no tardará mucho.”
No sé por qué papá estaba tan seguro que yo iba a morir.  Por mi parte, quiero decirle a ustedes que aunque yo había perdido la esperanza en los doctores, nunca la perdí en Dios.

Yo no era otra cosa que un esqueleto con carne.  Llegó un día, en que el dolor era tan insoportable, que me desmayé.  Mis uñas se  pusieron negras, mis labios se pusieron azul, y apenas podía respirar.  Tres horas después, mi mamá notó que mi respiración era muy leve y apenas me podía encontrar el pulso.  Inmediatamente mamá llamó al doctor. 
El doctor llegó, me examinó y dijo, “¡El fin ha llegado.  Jamás logrará recobrar el conocimiento!”  Yo estuve inconsciente por cuatro días y cuatro noches.  Entonces llamaron a mis familiares para que me velaran.
En la mañana del quinto día yo abrí los ojos.  Mi mamá se acercó a mi cama y puso su mano sobre mi frente, que ahora ardía debido a la fiebre.  Me sentía como si todas mis entrañas estuvieran ardiendo en fuego.  Tenía un dolor insoportable sobre mi espina dorsal.  Sentía como si me estuvieran apuñalando con un cuchillo muy agudo.  Mi mamá me sacudió un poco y me dijo, “Betty, soy yo, mami, ¿no me reconoces?”  Yo no podía hablar; y el dolor era insoportable.  A pesar de todo eso, logré sonreirme un poquito con ella.  Cuando mamá lo notó, inmediatamente elevó sus brazos hacia el cielo, y allí mismo comenzó a bendecir a Dios porque Él había contestado su oración y me había devuelto el conocimiento.
Mientras yo veía a mi madre alabando a Dios, yo me preguntaba a mí misma, “¿Qué será mejor para mí, quedarme aquí en casa con mamá y papá, o partir hacia ese lugar eterno del cual mamá me habla tanto, donde no existe el dolor?”
Recuerdo muy bien que mi mamá me decía,  “Betty, en el cielo no hay paralíticos.  En el cielo todos pueden caminar.  Allí no existe la enfermedad ni la muerte.  Dios tiene un gran pañuelo con el cual enjuga toda lágrima de toda persona para siempre.”  Yo nunca me cansaba de pedirle a mamá que me contara la bella historia de aquel lugar llamado el cielo.

Ese día, sin embargo, yo oré la oración que posiblemente muchas otras personas han orado.  Dije, “Jesús, yo sé que Tú me has salvado, y sé que algún día iré a morar contigo en la gloria.  Señor, a través de todos estos años te he pedido por mi sanidad, pero me ha sido negada.  Señor, ya no puedo soportar más todo esto.  Por favor, llévame contigo a morar en ese lugar que Tú llamas el cielo. 
Mientras oraba, una espesa tiniebla me sobrevino.  Un tremendo frío comenzaba a invadir mi cuerpo.  Pasó un instante más, y sentí mi cuerpo completamente rodeado por aquel frío tan intenso.  A la misma vez me encontré totalmente envuelta por una oscuridad absoluta.  Desde que yo era niña le había temido mucho a la oscuridad, y así fue que empecé a llorar y a decir, “¿Dónde está mi papá?”  “¡Quiero a mi papá! 
Pero amigos míos, llegará un tiempo en tu vida cuando no podrás tener a tu papá contigo.  Tu mamá no podrá estar contigo.  Puede que tus padres se encuentren a tu lado cuando te llegue el momento de exhalar tu último suspiro sobre esta tierra, pero únicamente Jesús podrá estar contigo en la muerte.
Mientras aquella tiniebla me rodeaba totalmente, pude ver un valle muy largo, angosto y oscuro.  Cuando me vi en aquel valle, comencé a llorar.  Yo decía, “¿Dónde estoy?”  Yo decía, “¿Qué lugar es este?”  Y a través de la distancia reconocí la voz de mi madre diciendo dulcemente, “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno porque Tú estarás conmigo.”
Recuerdo haber pensado entre sí, “Este tiene que ser el valle de la muerte, y como yo le pedí a Jesús que me llevara al cielo, ahora tengo que cruzar por este valle.”  Así fue que comencé a caminar por aquella terrible oscuridad.
Mis amigos, la verdad del caso es que toda persona algún día va a morir.  Cada persona tiene que pasar por el valle de la muerte.  Pero tengo la certeza que si tú no tienes a Jesús en tu vida, vas a caminar ese valle de la muerte en plena soledad.

Apenas había entrado al valle, cuando el lugar resplandeció con la brillantez del día.  Sentí cuando algo firme y fuerte sostuvo mi mano.  No fue menester mirar.  Comprendí que era la mano traspasada del Hijo de Dios.  Era el mismo Jesús que había salvado mi alma.  Él me tomó de la mano y me sujetó firmemente, y así ambos cruzamos el valle.  Ahora yo no sentía temor.  Me sentía contenta porque sabía que Él me llevaría a morar al cielo.  Mi mamá me había dicho tantas veces que en el cielo yo iba a tener un cuerpo completamente nuevo; me dijo que sería bien derechito, en vez de tullido, torcido y paralítico.  ¡Yo anticipaba ese momento!
En la distancia, yo escuchaba una música muy dulce.  Era muy hermosa.  Era un canto que jamás yo había escuchado.  Caminamos apresuradamente, y llegamos a un río muy ancho que nos separaba de aquella tierra tan hermosa.  Podía ver que al otro lado del río había un césped muy verdoso.  Habían flores muy bonitas y de muchos colores, y nunca morían.  Yo vi el Río de la Vida que cruzaba la Ciudad de Dios.  En la orilla del río había un grupo de personas de las que habían sido redimidas por la Sangre del Cordero, y cantaban, “Hosanna al Rey.”  Yo seguía contemplando, y notaba que nadie tenía nudos en la espalda.  Yo también notaba la ausencia del dolor sobre aquellos rostros.
Dije entre sí, “En sólo unos pocos minutos yo estaré allí con ellos, y me uniré a ese grupo celestial.  En cuanto mi pie toque aquel lugar, mi cuerpo se va a enderezar, y quedaré sana y robusta.”  Yo estaba muy ansiosa por cruzar y llegar al otro lado.  Sabía que Jesús iba a cruzar conmigo.
Pero en aquel preciso momento escuché la voz de Jesús, y me paré en atención como lo hago siempre que Él me habla.  Entonces, con su voz dulce y cariñosa Él me dijo, “¡No, Betty, no podrás cruzar ahora porque no ha llegado tu tiempo!  Debes regresar y cumplir la misión que yo te encargué a la edad de nueve años.  Regresa, porque tu sanidad llegará en el otoño.”

Debo admitir, que cuando escuché esas palabras de labios de Jesús, me sentí un poco desilusionada y triste.  Con lágrimas corriendo sobre mis mejillas recuerdo haber dicho en voz alta, “Ahora que estoy tan cerca de la sanidad y la felicidad, ¿por qué me la niega Jesús?  He vivido con dolor todos los días de mi vida.  Ahora que me encuentro tan cerquita del cielo, ¿por qué no puedo entrar?” 
Inmediatamente después de haber dicho eso, sentí convicción y dije, “¡Qué estoy diciendo!”  Di una vuelta, y quedé ante Jesús.  Le dije, “¡Señor, perdón!  Tu camino es mejor que mi camino.  ¡Yo regreso!”
Poco a poco fui recobrando el conocimiento.  El doctor dijo que yo no iba a durar el verano.  Pasaban semanas completas en las que no podía hablar.  Los nudos crecieron aún más.  Yo escuchaba a mi mamá decirle a papá, “Mira esto; los nudos siguen endureciendo y siguen creciendo.  ¡Qué mucho debe sufrir!”
¡Claro que sufría!  Pero no podía decirles cuánto sufría porque no podía hablar.  Yo sé lo que es sentir un dolor tan horrible que me tenía que morder los labios para no gritar; además, era la única forma de dejar que mi mamá durmiera un rato.
Llegó el verano.  Todos en la Provincia de Martin, en el Estado de Minnesota, sabían que la niña Baxter se estaba muriendo.  Tanto justos como pecadores venían a casa para darme un último vistazo; era como para ofrecerme su último adiós.  La mayor parte del tiempo me encontraban inconsciente.  Las veces que me encontraban consciente, me daban una leve palmadita en el hombro, me decían alguna palabra de aliento, y salían enseguida.

Pero aún así, a través de aquellos momentos cuando me encontraba inconsciente, nunca perdí la esperanza.  Yo no podía hablar, pero en mi corazón decía, “Señor, en cuanto llegue el otoño Tú me vas a sanar, ¿verdad, Jesús?”  Nunca lo dudé, porque Jesús nunca quebranta sus promesas.  Jesús es un hombre de palabra.  Yo seguí confiando.  ¡Él me iba a sanar en el otoño!
Durante ese verano, recobré la voz en el mes de Agosto.  Hacían semanas que no hablaba.  Inesperadamente, mamá me escuchó cuando le pregunté, “¿Qué día es hoy?”  Y ella sorprendida, alegremente me contestó, “¡Es el catorce de Agosto!”
Mi papá llegó a casa al mediodía.  Yo le dije, “Papi, ¿dónde está la silla grande?  Por favor, acomoda las almohadas y llévame a sentar en la silla.”  De la única manera que me podían sentar en la silla era con mi cabeza reclinada sobre mis rodillas, y con ambos brazos colgando hacia los lados.  Yo dije, “Papi, cuando salgas del cuarto, cierra la puerta.  Dile a mami que tampoco entre por un buen rato.  Quiero estar sola.”
Oí a mi papá sollozar cuando salió del cuarto.  Él no preguntó por qué yo quería estar sola.  Mis padres sabían muy bien lo mucho que yo odiaba quedarme sola.  Pero creo que papá comprendió que yo tenía una cita con el Rey.
Escucha esto, amigo mío; quiero que sepas que tú también puedes tener una audiencia personal con Jesús en cualquier momento que desees hablar con Él.  A cualquier hora del día o la noche, Él estará listo para hablar contigo.
Oí cuando mi papá cerró la puerta.  Una vez quedé sola en el cuarto, comencé a llorar amargamente.  Yo en realidad no sabía cómo debía orar.  Lo único que yo sabía hacer era simplemente hablar con Jesús, y con eso bastaba.  Así fue que yo dije, “Señor, ¿recuerdas cuando en meses pasados yo estuve a punto de entrar al cielo pero tú no me dejaste?  Jesús, Tú me prometiste que si yo regresaba a casa, Tú me ibas a sanar en el otoño.  Esta mañana yo le pregunté a mami qué día era, y ella me dijo que era el catorce de Agosto.  Jesús, yo no creo que Tú consideres esta temporada otoño, porque todavía hace mucho calor.  Pero, Señor, ¿sería pedirte demasiado, que por este año nada más, llames a esta temporada otoño y me vengas a sanar?”

Ecuchen ustedes, El Señor es tan compasivo y bondadoso, que Él puede cambiar el tiempo, Él puede cambiar la hora; Él puede llegar a ti y reducir el tiempo de tu aflicción, porque Él verdaderamente te ama.
Me quedé muy atenta para escuchar su respuesta a mi petición.  ¡El cielo guardó silencio!  Pero no me di por vencida.  Yo oro muy diferente a otras personas.  Cuando no escucho la voz de Jesús, oro otra vez hasta que Él me contesta.  Yo seguía esperando, y como no escuché Su voz, me eché a llorar de nuevo.
Fue entonces que decidí hacer un trato con el Señor.  Quería hacer algún tipo de sacrificio por Él.  Pero, ¿qué podía yo darle a Jesús?  ¡No tenía nada!  En mi ignorancia pensé en juguetes.  Yo dije, “Jesús, si tuviera juguetes te los ofrecería todos.  Pero yo no tenía juguetes de ninguna clase.  Aún si los hubiera tenido, yo no podía jugar con ellos.  Pensé entonces en zapatos.  Yo siempre había deseado tener un par de zapatos nuevos.  Papá decía que no había dinero para comprar zapatos nuevos.  Pero aún si él hubiera tenido el dinero, ¿qué iba yo a hacer con zapatos?  Entonces pensé en la cosa que yo más ansiaba en mi vida.  Siempre soñé con tener un vestidito propio.  Como yo era paralítica, y como estaba tan jorobada y torcida, no podía ponerme vestidos.  Debido a mi condición física, lo único que mi mamá  podía usar para cubrirme eran diferentes paños.  Yo dije, “Jesús, si yo tuviera un vestido, yo te lo daría.”  Pero tampoco tenía un vestido que pudiera ofrecerle.  No tenía absolutamente nada que pudiera darle a Jesús.
Entonces recordé algo que yo tenía.  Era algo que sí era mío.  Tenía algo que sí podía darle a Jesús, y aunque no era mucho, era todo lo que tenía.  Lo único que podía ofrecerle a Jesús era mi cuerpo lisiado, paralítico y torcido.  ¡Era todo lo que tenía!  Si Él podía econtrar algún uso para aquello, yo se lo daría.
Seguía llorando porque no escuchaba su voz.  Entonces le dije,  “Señor, quiero añadir algo más.  Esto es lo que haré; escúchame, Jesús.  Voy a proponerte algo.  Jesús, si Tú sanas mi cuerpo, tanto lo interno como lo externo, yo iré a predicar todas las noches hasta que cumpla noventa años, si así Tú lo deseas.”
Yo sé que Dios comprendía mi sinceridad.  Pero le dije aún más.  Le dije, “Señor, si me sanas totalmente, a tal grado que yo pueda caminar y pueda usar mis brazos, y me sienta robusta y normal, yo te entregaré toda mi vida.  Mi vida ya no pertenecerá a Betty Baxter, sino que será tuya, y tuya totalmente.”
Me quedé esperando atentamente a ver si Jesús me contestaba.  Esta vez Él me premió.  Escuché la voz de Jesús clara y audible cuando me dijo estas palabras, “Yo te voy a sanar completamente el Domingo, día veinticuatro de Agosto, a las tres de la tarde.”

Una fuerte ráfaga de esperanza y emoción conmovió mi cuerpo y mi alma.  ¡Dios me dijo el día y la hora exacta!  Él todo lo sabe.  ¿No es así?
Lo primero que pasó por mi mente fue lo contenta que se iba a sentir mi mamá cuando yo le diera la noticia.  “¡Qué contenta se sentirá mami cuando yo le diga que sé el día y la hora!”
Pero entonces escuché a Jesús cuando me dijo, “No se lo digas a nadie hasta que llegue mi día.”  Y pensé, “¡Yo nunca le he callado nada a mi madre!  ¿Cómo podré mantener esto en secreto?”
Yo siempre había procurado comportarme con sumo cuidado delante de mi Jesús porque temía ofenderle.  Y ahora me encontraba muy temerosa, porque aunque yo sabía el día y la hora en que iba a ser sanada, no lo podía compartir con nadie.
Pero quiero que sepan, que cuando yo escuché aquellas palabras de labios de Jesús, me sentí como una nueva persona.  Ahora no me importaba aquel terrible dolor que sentía en mi cuerpo.  Ahora no me importaba aquel palpitar tan violento que sentía en mi corazón ensanchado.  Sólo pensaba en que el día veinticuatro de Agosto iba a llegar muy pronto, y que entonces el dolor iba a desaparecer.
Escuché cuando alguien abrió la puerta de mi cuarto.  Era mi mamá.  Ella se arrodilló sobre la alfombra, de frente a mí, y me miró intensamente.  Yo ansiaba poder compartir con ella la grata noticia que Jesús me había dado.  Guardar aquel secreto fue la cosa más difícil de mi vida, porque nosotras siempre compartíamos todo.  Cerré mis labios fuertemente para no tener que abrir la boca.
Miré a mi mamá, y me dije entre si, “¡Algo extraño le ha sucedido a mami!”  Noté que lucía muy bonita y se veía bien joven.  Entonces pensé que tenía que ser mi imaginación; posiblemente era debido a la emoción que yo sentía sabiendo que mi sanidad llegaría ese Domingo.
Pero seguí mirando a mi madre, y quedé totalmente convencida que algo maravilloso le había sucedido a mamá.  No recuerdo haber visto sus ojos tan brillantes y tiernos.  Ella se me acercó un poco más, y moviendo hacia un lado las hebras de cabello que yacían sobre mis ojos, me dijo, “Mi amor, ¿sabes cuándo el Señor te va a sanar?”
¡Por supuesto que lo sabía!  En todos los años que yo estuve enferma, mi mamá nunca me había hecho esa pregunta; y ahora que no se lo podía decir a nadie, a ella le dio con preguntarme.  Por otro lado, en realidad yo no podía decir que no sabía.  Como no quería mentir, simplemente dije, “¿Cuándo, mami?”
Con una radiante sonrisa en sus labios ella me dijo, “¡El Domingo, veinticuatro de Agosto, a las tres de la tarde!”  Inmediatamente yo le dije, “Mami, ¿cómo tú supiste eso?  ¿Acaso te lo dije sin darme cuenta?”  Y ella me contestó, “No; pero el mismo Dios que te habla a ti, también me habla a mí.”
Cuando mi mamá me dijo eso, yo estuve doblemente segura que Dios me iba a sanar el veinticuatro de Agosto.  Le pregunté a mi mamá, “¿Crees que ya mi cuerpo se está enderezando?”  Le seguí preguntando, “¿Desaparecieron los nudos de mi espalda?”  Mami me dijo, “No, Betty, tu cuerpo se está torciendo aún más que antes, y esos nudos se siguen agrandando.”  Yo dije, “¿Mami, aún así, tú crees que Dios me va a sanar el veinticuatro de Agosto?”  Ella me contestó, “¡Seguro que sí!  Todo es posible para aquel que cree.”
 
Muchas personas me preguntan cómo fue que mi mamá también supo el día en el cual Dios me iba a sanar.  Pues sucedió así:  En el preciso instante que el Señor me estaba hablando a mí, mi familia se encontraba cenando en el comedor de la casa.  Mi mamá había levantado su tenedor y estaba a punto de llevarlo a su boca, cuando de repente el tenedor se desprendió de su mano y cayó al plato.  Entonces ella escuchó la voz de Dios en su espíritu cuando le dijo, “He escuchado tus oraciones, y te voy a premiar por tu fidelidad.  Voy a sanar a Betty el Domingo, veinticuatro de Agosto, a las tres de la tarde.  Betty ya lo sabe, porque yo se lo dije a ella también.”  Así es que cuando mamá entró a mi cuarto, ya ella sabía el día y la hora exacta en que Dios me iba a sanar.
Le dije a mi mamá, “Mami, escúchame.  Desde que yo era pequeñita, no sé lo que es estrenar un vestido, o un par de zapatos.  Lo único que tengo a mi nombre son esos trapitos que tú tienes que usar para cubrirme.  Mami, cuando Jesús me sane el Domingo por la tarde, yo quiero ir a la iglesia esa misma noche.  Yo sé que los almacenes en la ciudad no abren los Domingos.  Pero, mami, si tú de veras confías en que Jesús me va a sanar, ¿por qué no vas a la ciudad de Fairmont, esta misma tarde, y me compras un vestido nuevo?  ¿Lo harás, mami?”
Mi madre siempre respalda su fe con los hechos.  Mi mamá me respondió, “¡Lo hago sí!  Voy ahora mismo.  Te voy a comprar la ropa para que la tengas lista ese Domingo.”
Cuando ella salía en el auto, mi papá le preguntó, “¿Para dónde vas?”  Mi mamá le respondió, “Voy a la ciudad.”  “¿Para qué?” dijo papá.  Mamá le dijo, “Pues voy a comprar un vestido y unos zapatos para Betty.  ¡El Señor le dio Palabra!”
Papá le dijo, “Tú bien sabes que no hay necesidad de comprar el vestido ahora.  Es mejor esperar hasta que llegue el momento de su partida.  No debemos pensar en eso ahora.  El triste momento ha de llegar.”
Mamá le dijo, “¡No me entiendes!  El Señor le dio Palabra que la va a sanar el Domingo, veinticuatro de Agosto, a las tres de la tarde.  El Señor a mí también me lo confirmó.  ¡Así es que le voy a buscar la ropa ahora mismo!”
 
Mi mamá llegó a casa con la ropa y enseguida me la mostró.  El vestido era azul y de tela barata, pero era lo más hermoso que yo jamás hubiera visto.  Los zapatos eran de charol engomado, pero muy bonitos.
Hoy día, aún yo conservo aquel vestido en casa de mi madre; lo guardo en un viejo baúl de madera.  Después de mi sanidad, lo usé para predicar el Evangelio dondequiera que me invitaban.  Tanto así, que le gasté un hueco en uno de los lados donde siempre rozaba contra los púlpitos.
Le dije a mamá, “¿No crees que me veré bien elegante cuando mi cuerpo se enderece, y así me pueda poner el vestido y los zapatos?”
Cuando los vecinos venían a casa, yo le decía a mamá, “Ten la bondad de traerme mi vestido y los zapatos, se los quiero mostrar.”  Ellos me miraban a mí primero muy curiosamente, luego miraban el vestido, después miraban los zapatos, y finalmente miraban a mamá.  Yo entendía que ellos pensaban que yo era una niña muy extraña.  Pero no importaba, porque yo sabía exactamente lo que iba a suceder el veinticuatro de Agosto.
Hay muchas personas que se pasan esperando ver un milagro y dicen, “¡Si yo llegara a ver un milagro de magnitud extraordinaria, entonces sí creería!”  Pero quiero decirles que si usted no cree en el milagro antes del milagro ocurrir, lo más probable es que luego que ocurra, usted encuentre una que otra excusa para dudar que ocurrió.

Le dije a uno de mis vecinos, quien no era Cristiano, que si quería verme derechita y recta, que estuviera en mi casa el Domingo a las tres de la tarde porque Jesús venía a sanarme.  Me miró seriamente y me dijo, “Mira, déjame decirte esto, si ese día milagroso llegara; si ese día llega, en el cual yo te vea a ti recta y derecha, no digo yo me convierto en Cristiano, sino que también me uno a tu Iglesia.”  ¡Ese hombre, hasta el día de hoy, todavía es un inconverso!
Llegó el Sábado, veintitrés de Agosto.  Mi mamá acostumbraba a dormir en una camita en mi cuarto para estar más cerca de mí.  Esa noche, ya mi mamá me había puesto a dormir.  Al rato yo desperté repentinamente.  La luz de la luna entraba por la ventana y se dejaba reflejar sobre el pie de mi cama.  Me pareció escuchar a una persona hablando en voz baja.  Pensé que posiblemente era papá hablando suavemente con mi mamá.  Bajo la opaca luz de la luna, vi una especie de silueta como de una persona agachada y con los brazos extendidos hacia el cielo.  ¡Era mi mamá!  Ella estaba arrodillada hablando con Dios.  Las lágrimas le corrían por sus mejillas.  En su oración le escuché decir, “Señor Jesús, yo he tratado de ser una buena madre para Betty.  He tratado de enseñarle tus caminos.  Señor, yo apenas me he apartado de ella.  Ahora bien, cuando Tú la sanes, yo la dejaré ir a cualquier sitio que Tú le lleves; sea aquí, sea a través de los mares, o sea alrededor del mundo.  Yo sé lo que Tú vas a hacer por ella mañana.  No hay nadie que pueda hacer lo que Tú vas a hacer.  Ella es tuya, Jesús.  ¡Mañana será su día!  Tú la pondrás en libertad, ¿verdad que sí, Jesús?”
Mamá seguía orando, pero como yo estaba físicamente agotada, volví a quedarme dormida.  Ya no podía mantenerme despierta, ni siquiera para orar.  ¡Pero mamá tomó mi lugar!  Esa fe tan grandiosa que mi madre siempre demostró, me ha sido de aliento a lo largo de toda mi vida.  Hoy día yo sigo confiando en Jesús, y sigo disfrutando la sanidad de mi cuerpo.
Llegó la madrugada del Domingo.  Mi papá llevó a mis hermanos y hermanas a la escuela bíblica.  Me contaron que mi papá, con corazón quebrantado, había pedido que oraran por mí.  Él les dijo que yo seguía empeorando, y que moriría a no ser que Dios interviniera.

Yo le había pedido a mi pastor que estuviera presente a las tres de la tarde de ese Domingo, pero me dijo que tenía una cita para un pastorado en la ciudad de Chicago, y ese era el único día que tenía disponible.  Nos pidió, sin embargo, que le enviáramos un telegrama si yo recibía mi sanidad.
Mi mamá había invitado a unos cuantos vecinos y amistades, y les dijo, “Estén seguros de estar en casa alrededor de las dos y treinta, porque a las tres de la tarde el Señor llega para sanarla.”
La gente llegó a las dos de la tarde.  Algunos vinieron de pura curiosidad.  Otros le dijeron a mamá, “Señora Baxter, hemos llegado temprano porque creemos que algo milagroso va a suceder aquí, y queremos presenciar el suceso.”  Ese era el tipo de atmósfera que nos rodeaba cuando Jesús llegó.
A las dos y cuarenta y cinco, mi mamá se allegó a mi cama.  Yo le pregunté, “¿Mami, qué hora es?”  Ella respondió, “Faltan quince minutos antes que llegue Jesús y te sane.”  Yo le dije, “Mami, llévame a sentar en la silla grande.”  Mamá levantó mi cuerpo paralítico y torcido y me sentó en la silla; luego me trajo algunas almohadas y las colocó en ambos lados.  En esa posición yo podía ver a los invitados arodillados en el suelo alrededor de mi silla.  Vi también a mi hermanito de cuantro años que estaba de pie.  Y como siempre, él quedaba a mi misma altura.  Entonces él se arrodilló frente a mí, levantó su cabezita y me dijo, “Hermanita, en sólo un ratito tú vas a ser más alta que yo.”  El también tenía la plena seguridad en que Jesús me iba a sanar.
A las dos y cincuenta, mamá me preguntó si yo deseaba comunicar algún mensaje a los invitados.  Yo le dije, “Mami, dile que oren.  Yo quiero que cuando Jesús llegue nos encuentre orando.”
Mi mamá también oraba junto a ellos.  Ella sollozaba ante Jesús, y ella le pedía  que cumpliera su promesa y viniera a sanar mi cuerpo.  Ella decía, “Tú no eres un hombre para que puedas mentir.”
Esta vez yo no perdí el conocimiento, sino que quedé totalmente saturada con el Espíritu de Dios.  Entonces vi ante mí un camino y dos filas de árboles muy altos y derechos.  Mientras contemplaba esto, noté que uno de los árboles del centro empezó a doblarse hasta que la cúpula tocaba la tierra.  Yo me preguntaba por qué aquel árbol se había doblado.

Pero entonces vi que Jesús venía caminando por aquel mismo sendero.  Cuando yo lo vi entre aquellos árboles, mi corazón se regocijó tanto y tanto, como sucede cada vez que veo a Jesús.  Jesús se detuvo frente al árbol doblado y lo miró por unos momentos.  Yo no sabía lo que Él iba a hacer.  Pero entonces Él me miró con una sonrisa en sus labios, y luego puso su mano sobre el árbol.  Con un fuerte estruendo, y con un tremendo estallido, aquel árbol quedó instantáneamente tan derechito como los otros.  Y yo dije entre si, “¡Esa soy yo!  Cuando el Señor toque mi cuerpo, mis huesos también van a sonar así, y voy a quedar sana y derechita.”
De repente escuché un gran ruido, así como cuando se avecina una tormenta.  ¡Escuchaba cómo el viento rugía!  Yo traté de hablar fuertemente diciendo, “¡Él viene!  ¿No lo escuchan?  ¡Por fin ahí viene!”
Las cortinas de la casa se movían violentamente.  Mi tío, quien era inconverso, se agarró tan fuertemente del espaldar de una silla, que los nudillos de las manos se le pusieron blancos.
Súbitamente el viento, el rugir, y el ruido cesaron.  ¡Todo cesó!  Ahora sólo había silencio y calma.  Yo sabía que en aquel silencio Jesús llegaría.  ¡Me sentía hambrienta por verle!

De inmediato vi la forma lanuda de una gran nube blanca.  Era algo que yo no esperaba.  Entonces, Jesús salió de entre aquella nube.  Esto no fue una visión ni fue un sueño.  ¡Yo vi a Jesús!  Y mientras Él se dirigía lentamente hacia mí, yo vi su bendita cara.  Pero lo más que me conmovió fueron sus ojos.  De donde yo estaba sentada, Jesús se veía alto y ancho de hombros.  Su vestidura era blanca resplandeciente.  Su cabello era castaño, partido al centro, y se deslizaba suavemente sobre sus hombros.  ¡Pero jamás podré olvidar sus ojos!
Quiero que ustedes sepan, que han habido algunas ocasiones cuando se me ha pedido que vaya a ministrar en algún lugar, pero debido al agobio y la fatiga, ya que llevo una agenda completa, mi primer impulso es negarme.  Pero cuando yo recuerdo y reflejo en los ojos hermosos y divinos de Jesús, ellos me invitan dulcemente a lanzarme a la labor de ganar almas para Él, y no me puedo negar.
Jesús seguía acercándose hacia mí con sus brazos abiertos.  Pude notar aquellas feas heridas que los clavos habían dejado en sus manos.  Mientras más se acercaba, más contenta me sentía.  Sin embargo, llegó el momento en que Él estaba tan cerca, que yo comencé a sentirme muy insignificante e indigna de su presencia.  Yo no era otra cosa que una niña deforme y paralítica de la cual la gente se había olvidado.  Pero súbitamente, Él se volvió a sonreir conmigo, y desde aquel momento en adelante no tuve ningún temor.  ¡Él era mi Jesús!
Sus ojos se fijaron en los míos.  Aquellos ojos estaban repletos de hermosura y de compasión.  ¡No existen ojos como los ojos de Jesús!  Mi deseo siempre es procurar vivir mi vida lo más cerca a mi Jesús como me sea posible.
Jesús se detuvo al lado de mi silla, y vi cuando parte de su vestidura se deslizó sobre la misma.  Él estaba tan cerca, que si mis brazos no hubieran estado paralizados yo hubiera podido tocar su cara.  Yo tenía planeado tener una plática con Él y pedirle que me sanara.  ¡No pude pronunciar ni una sóla palabra!  Fijé mis ojos en los suyos tratando de hacerle sentir lo mucho que le necesitaba.  Él se inclinó hacia mí, fijó su mirada en mis ojos, y me habló con una voz muy dulce.  Recuerdo exactamente cada palabra que Él me dijo porque las llevo grabadas en mi corazón.

Muy dulcemente me dijo, “Betty, tú has sido paciente, amable, y cariñosa.”
Yo, por tal de que Jesús me siguiera hablando, no me hubiera importado sufrir quince años más.  Jesús siguió diciendo, “Te voy a prometer salud, alegría, y felicidad.”  Entonces vi cuando Él extendió su mano.  ¡Yo esperaba su toque!  Sentí cuando Él guió su mano sobre los nudos de mi espalda.
Sabrán ustedes que hay gente que me pregunta,  “Betty, ¿no te cansas de contar tu historia de sanidad divina?”  Yo les respondo, “¡Jamás me cansaré!  Porque cada vez que relato mi testimonio, siento el pulso de su mano divina reposar nuevamente sobre mí.”
Jesús entonces reposó su mano exactamente en el centro de mi columna vertebral y sobre uno de los nudos más grandes de mi espalda.  Inmediatamente, una sensación de calor como de fuego invadió mi cuerpo.  Sentí cuando dos manos muy calientes tomaron mi corazón y lo apretaron.  Cuando las manos lo soltaron, pude respirar normalmente por primera vez en mi vida.  Aquellas manos calientes entonces frotaron los órganos en mi estómago, y al instante comprendí que todos mis problemas orgánicos habían desaparecido para siempre.  ¡Tampoco iba a necesitar un riñón nuevo!  Ahora iba a poder digerir la comida porque Él me había sanado.  ¡Aquella sensación de fuego siguió corriendo por todo mi cuerpo!
Miré a Jesús a ver si me iba a dejar con la sanidad interna solamente.  ¡Jesús se sonrió!  Entonces sentí cuando sus manos descansaron sobre los nudos de mi espalda.  Sentí cuando Él presionó en el centro de mi columna vertebral, y entonces sentí una especie de calambre muy intenso en esa área.  Era como cuando uno toca un cable eléctrico.
Los nudos empezaron a emitir una serie de estallidos.  ¡Uno tras uno, todos desaparecieron!  Levanté un brazo hacia el cielo, luego levanté el otro, y en un instante quedé en pie y tan derechita como ustedes me ven hoy.  ¡Fui sanada internamente y externamente!  ¡En sólo diez segundos Jesús me sanó totalmente!  Él hizo por mí, en unos segundos, lo que los doctores de la Tierra no pudieron hacer a través de mi vida.  ¡El Médico por excelencia me sanó totalmente, y lo hizo todo a perfección!
La gente me pregunta cómo me sentí cuando pude abandonar aquella silla.  Yo les digo que es algo que no se puede explicar, a no ser que usted haya nacido irremediablemente paralítica.  Nadie lo puede comprender, a no ser que usted haya vivido una vida sin esperanza en una silla de ruedas.
Corrí hacia mi mamá y le dije, “Mami, tócame y dime, ¿desaparecieron los nudos?”  Ella tocó mi espalda de un extremo al otro y me dijo, “¡Sí, todos desaparecieron!  ¡Yo también los oí cuando estallaron y salieron!  ¡Tú has sido sanada!  ¡Tú has sido sanada!  ¡Alaba al Señor por eso!”

Yo di una vuelta y contemplé aquella silla grande que ahora estaba vacía.  ¡No pude contener las lágrimas!  Todo mi cuerpo ahora se sentía muy liviano debido a la ausencia del dolor que me había agobiado toda la vida.  Además de eso, me sentía muy alta, porque antes de mi sanidad mi cuerpo estaba doblado y tenía mi cabeza siempre inclinada hacia el pecho.  Ahora estaba sin aquellos nudos en la espalda, y ahora tenía la columna vertebral completamente derecha.
Cuando levanté los brazos me pellizqué uno de ellos.  ¡Sentí el tacto!  ¡Ya no estaban paralizados!
Miré hacia un lado de la sala, y allí vi a mi hermanito frente a la silla.  Lágrimas muy grandes rodaban por sus mejillas.  Me miró alegremente y gritó a gran voz, “¡Yo vi a mi hermana saltar de la silla!  ¡Yo vi a Jesús sanar a mi hermana!”  El quedó totalmente estupefacto.
Entonces, yo tomé aquella silla grande y la levanté sobre mi cabeza y dije, “¡Miren lo que ha hecho el Dios a quien yo sirvo!”
Detrás de donde se encontraba mi hermanito, estaba Jesús.  Él me miró de pie a cabeza.  ¡Yo me encontraba derechita y normal!  Me miró intensamente y comenzó a platicar dulcemente conmigo.  Me dijo, “Betty, yo te he dado la sanidad que tú tanto anhelabas.  Estás completamente restablecida porque yo te he sanado.”
Jesús se detuvo por un momento, y me dio una extensa y última mirada.  Después, con suma autoridad en su voz, dulce y cariñosamente me dijo,  “Quiero que recuerdes mirar hacia las nubes todos los días.  La próxima vez que tú me veas venir en una nube, no te dejaré aquí, sino que te llevaré conmigo y te quedarás conmigo para siempre.”

Mis amigos, no pasa un día que yo deje de mirar hacia el cielo con anticipación esperando esa nube.  Sin embargo, hay algo que me va a entristecer mucho tocante a esa nube.  Me entristece saber que muchos de ustedes no podrán entrar en esa nube para ir con Jesús y conmigo al cielo.  Es doloroso pensar en que muchos de ustedes quedarán separados de Jesús por toda la eternidad.
Pero no tiene que ser así.  Tú también puedes unirte a Jesús, y a todos nosotros quienes hemos sido salvados del pecado por Él.  Lo que debes hacer es reconocer que eres pecador, entonces debes confesar tus pecados ante Él, y debes pedirle que te perdone.  Invita a Jesús a que te salve y te ayude a vivir para Él.  Jesús cumplirá Su Palabra, y te dará la vida eterna.  De esa manera, algún día tú también podrás vivir con Jesús cuando Él llame tu nombre.
 Mis amigos,  ¡Él viene pronto!

Nos agradaría saber si usted aceptó hoy a Jesús como su Salvador personal, como resultado de este poderoso testimonio.
Si este testimonio ha tocado su vida, comuníquese con nosotros


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